Silencio. El municipio alicantino de El Vergel se despertó ayer con un silencio audible, con una calma angustiosa. Muchos de sus vecinos lo han perdido todo, más de 30 pasaron la noche del viernes en un polideportivo y se cuentan por cientos los que tuvieron que ser albergados por familiares y amigos. Tendrán que continuar así «hasta recibir ayuda».
Unas partidas extraordinarias que ayer se apresuraron a prometer el Gobierno central y la Generalitat Valenciana al tiempo que los alcaldes de los municipios afectados pedían al Gobierno que les conceda la declaración de zona catastrófica. «Sin límite de gasto presupuestario», informaron desde el Gobierno valenciano.
Pero en el lodo aún yacen las casas. Y es que, en las viviendas situadas en la ribera del río Girona, en la calle de la Divina Aurora, el agua llegó casi al techo: «Faltaban tres palmos». «La culpa la tienen los ecologistas», coincidían muchos de los vecinos. «No quieren que limpiemos el fondo del río, que se arranquen las cañas. Y mira ahora», lamentaban indignados. «Había que denunciarles por esto», gritaba una anciana. Rabia. Impotencia. Volver a empezar.
Denuncian que las fuertes lluvias han arrancado del fondo del río las cañas que los ecologistas no permiten cortar. Y con la fuerza de la riada son, precisamente, esas mismas cañas las que taponaron los ojos de los dos puentes que cruzan el pueblo, el agua los rebasó por no poder pasar por ellos, e inundó todas las casas levantadas a ambos lados de la ribera.
Sobre este punto el ministro Caldera se apresuró a afirmar que la Confederación Hidrográfica del Júcar ha multiplicado sus esfuerzos de limpieza de cauces en los últimos años, aunque expuso la imposibilidad de acometer «podas absolutas de todo tipo de vegetación por motivos técnicos y de respeto al medio ambiente».
Paisaje desolador al llegar a El Vergel. Barro y miles de cañas arrancadas del fondo del río. Sobre ellos, escombros. Las calles se han convertido en montañas formadas por sofás, frigoríficos, colchones, mesas, televisiones, juguetes... de todo y todo inservible.
El movimiento lo producen los cientos de brazos que ayudan a desescombrar, y la gente que va de un lado para otro ofreciendo ayuda o ayudando. Movimiento, trabajo y más barro. Un terrible silencio. A la hora de cuantificar los daños, todos coinciden en que «no queda nada». Lo han perdido todo.
«Da miedo», susurraba Alba. «Mis padres, jubilados, no se pueden arreglar solos». La noche del viernes tuvieron que ir a rescatarlos de su vivienda, el agua había derrumbado el tabique que les unía con la casa contigua. «Sólo cobran 400 euros de jubilación, con eso no pueden hacer nada».
Miguel, un joven recién independizado comentaba que pudo entrar a salvar a su perro «que estaba nadando en el patio, junto a la tele». Muy cerca de allí, dos niñas limpiaban fotografías: «Ya que no podemos ayudar, limpiamos los recuerdos que quedan». Los empleados de un supermercado se afanaban en achicar barro. «Todo está destrozado, la maquinaria, la cocina..». Hasta la cabina que estaba junto al río, yace ahora junto a la ribera. La balaustrada de las orillas tampoco existe, ni hay muros ni barandillas en los puentes.
El matrimonio que regentaba la papelería de la ribera, se ha quedado sin negocio y sin casa. Él, José Andrés Vidal, mantiene el semblante serio, desesperado, y la mirada perdida. Apenas acierta a contestar. Ella, Vicenta Tent, relató a ABC que estaban dentro de la vivienda cuando empezó a subir el nivel. «El agua había cubierto la escalera y no podíamos bajar». Subieron al tejado. Y de ese tejado, saltaron al siguiente poniendo en peligro la vida. La mitad de su casa se desplomó. Los minutos se convertían en horas en los tejados ajenos. «Hasta que no llegamos al último tejado de la calle no nos sacaron de aquí».
Lo único que quedó en pie en la calle de la Divina Aurora es la virgen que le da nombre; impoluta junto al río, testigo de la tragedia que ha convertido a la localidad en la «zona cero» del último diluvio.
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