viernes, enero 09, 2009

Sonria por favor


Es un buen consejo para comenzar bien el año. Como individuos sociales que somos (en teoría), debemos poseer algún mecanismo que nos hace compartir el destino de nuestros congéneres. Nos alegramos cuando les va bien y nos entristecemos cuando les ha sucedido algo malo. Esta conducta se denomina empatía, palabra que proviene del griego y se utiliza como sinónimo de «ponerse en el lugar del otro».

La empatía es un bien muy escaso y, por lo tanto, apreciado en la sociedad actual, tan llena de competitividad insana, con demasiada frecuencia por miserias ridículas. Para muchos intelectuales es una cualidad necesaria para cualquier persona que pretenda ser considerada como ejemplo de sabiduría. ¿De dónde surge la empatía? La historia tiene su gracia porque demuestra que la fortuna es un gran aliado de la investigación científica. Es el serendipity de los anglosajones.

En 1996, Rizzolatti, Fogassi y Gallese, de la universidad de Parma, estudiaban cómo se modificaba la actividad del área cerebral F5 cuando los animales de experimentación realizaban determinados movimientos. Se percataron de que había unas neuronas que se activaban no sólo cuando movían una extremidad sino cuando veían al investigador ejecutar los mismos movimientos. Denominaron a estas neuronas como neuronas en espejo y comprobaron que existían distribuidas en amplias áreas cerebrales formando sistemas neuronales complejos.

Posteriores experimentos han mostrado que estas áreas se activan cuando una persona se pone en el lugar de otra y, lo que más importante, también se activan cuando uno piensa en ponerse en el lugar de otro. Es decir, el sistema de neuronas en espejo y la empatía se pueden entrenar.

Recomendación: hágalo todos los días.

Su función se altera en el autismo y en las psicopatías, por motivos bien distintos. En el caso del autismo, la causa es un problema de la maduración del cerebro mientras que en las psicopatías hay una mezcla de factores genéticos y ambientales todavía no del todo conocidos. Ambos comparten una característica común que es una falta de empatía que provoca una gran dificultad en entablar relaciones 'normales' con otras personas, incluso muy cercanas. Conocer cómo se origina la empatía puede resultar en algún tipo de terapia en el futuro.

Las neuronas en espejo son también un elemento clave en la imitación de conductas. De hecho, son en parte responsables de que las emociones se contagien. Por eso, cuando uno sonríe está induciendo una activación de las neuronas encargadas de esbozar una sonrisa en la otra persona quien no tiene más remedio que sonreír. Aplicación práctica de todo esto: cuando le llame el jefe para echarle un broncazo, entre en su despacho sonriendo...y rece para que el sistema de neuronas en espejo le funcione adecuadamente. ¡Suerte!

"Te daré la paliza de tu vida"

Una versión radical de 'Otelo' denuncia en el teatro la violencia machista

"Desdémona, crees que soy frágil y voy a pegarte un tiro. Pero primero te daré la paliza de tu vida. Te reventaré la cara a golpes, te sacaré un ojo, te patearé el estómago, y si me duelen los nudillos de tanto machacarte la cabeza, me quitaré el cinturón y te daré cien latigazos, hasta que tus huesos revienten la hebilla".


"¿Por qué golpear borracho o drogado es un atenuante?", cuestiona la autora

Un famoso presentador de televisión de sonrisa casi perfecta se retuerce las manos y explica sus intenciones ante el público estupefacto. Se llama Gilles el Sonriente, posible tataranieto del Otelo de Shakespeare o Barba Azul. Chapotea en un charco de sangre imaginario, medita cómo matar a su ex mujer cuando ella llegue a casa, aunque eso signifique matarse a sí mismo, y alterna sus ideas con mensajes frenéticos que se proyectan en televisiones: amenazas de algún maltratador denunciado, videojuegos que consisten en pegar a prostitutas, chistes machistas e incluso letras de chotis como Pichi, "el chulo que castiga"... Es decir, el pan de cada día pero presentado de forma descarnada en Dónde Desdémona, que la compañía Clan de Bichos representa en la Cuarta Pared hasta el domingo.

"Esta obra surgió, curiosamente, a raíz de la sensibilidad de un hombre, el actor uruguayo Ismael Moreno, que se sorprendió al ver tanta violencia machista casi todos los días en las noticias. A partir de su reflexión, comencé a escribir para él este texto, que no es complaciente y espera mover conciencias", explica la dramaturga y directora Susana Sánchez en el camerino de la sala alternativa.

Decir que el texto no es complaciente se queda corto. En un momento de la actuación, Gilles el Sonriente (Ismael Moreno) coge la cabeza de una muñeca -una, ella, femenina, mujer- y la coloca sobre una trituradora que expulsa hilos de carne roja sobre el escenario. Mensaje directo y brutal a la conciencia del espectador. "Trabajamos con el
subconsciente y el surrealismo para contar esta historia. Por eso buscamos impactar cuando damos vida a cosas inanimadas, como puede ser una muñeca, o cabezas de animales como un conejo, un pez, un cordero lechal y un pollo que, a través de la animación audiovisual, hemos convertido en tertulianos de un programa del corazón", añade el actor, especializado en teatro de objetos.

La historia transcurre en una era tecnológica donde los chats -excusa del maltratador protagonista, que tiene celos de un ciberamigo de su mujer-, los mensajes a móvil y el zapping se combinan con el demonio interior del agresor.

"Para mí, no es una enfermedad. Los maltratadores saben lo que hacen, no son violentos porque sí. No golpean a sus jefes, de hecho, se portan bien de cara a la galería. Sólo maltratan a su supuesto objeto de deseo, porque son torturadores profesionales", argumenta Sánchez, que para escribir el texto tuvo que empaparse de toda la violencia al alcance de la mano. No sólo titulares y noticias sobre asesinatos de mujeres, sino una búsqueda exhaustiva de canciones y videojuegos que fomenten la violencia, e incluso análisis de sentencias judiciales que perjudican a la mujer.

"Mi abogada me ha dicho que la próxima vez que te pegue, al menos beba antes una botella entera de whisky para que sea atenuante", afirma el personaje con escalofriante realismo. "¿Por qué golpear borracho o drogado es un atenuante y no agravante?", cuestiona la autora. "¿Por qué provoca tanto morbo este tipo de noticias? ¿Por qué los vecinos enseguida se asoman a la puerta de la víctima? ¿Por qué?".

Miró: 25 años sin el artista que 'asesinó' la pintura

El universo estético de Joan Miró volverá a invadir la cultura española durante el año 2009 por medio de exposiciones y libros sobre el artista que 'asesinó' la pintura, con motivo del 25 aniversario de su muerte, acaecida el día de Navidad de 1983.


El artista catalán Juan Miró, ante una de sus litografías, titulada España, el 11 de julio de 1981 en Saint Paul de Vence, Francia. El universo esté
El artista catalán juan miró, ante una de sus
El pintor del cielo, las estrellas y la luna murió en la tarde del 25 de diciembre de 1983 en Palma de Mallorca, adonde había huido en los años 50 buscando algo de tranquilidad para seguir trabajando cuando la fama le hacía ya la vida imposible en Barcelona. 'Hasta el último momento quería trabajar, vivía para el arte', señala al diario El País, su cuñado Lluís Juncosa, de 90 años, los mismos que tenía el artista cuando expiró.

La vida artística de Miró se resume en un completo inconformismo que le llevó a explorar distintos terrenos del arte y abrir nuevas vías en lo estético, que lo llevó a decir su famosa frase: 'quiero asesinar la pintura'.

'Miró, el pintor puro del periodo culminante de la modernidad, también fue un asesino estético que asestó un golpe mortal a las últimas fases del movimiento moderno y, en el proceso, abrió nuevos caminos para la práctica estética del Siglo XX', señaló el estudioso de la obra del artista, Robert Lubar. La obra del artista, nacido el 20 de abril de 1893, acabaría influenciando a otros grandes de la pintura como Dalí o Picasso.

Espoleado por su inconformismo en lo estético, ya que, según Juncosa, en lo personal era muy tradicional ('en el fondo siempre fue un burgués catalán al que le gustaba comer bien y beber buen vino'), Miró no dudó en explorar también otras técnicas como la litografía y el grabado pasando por el dibujo, el collage, o la escultura.

El pintor se inició en los grabados en los años 30 durante su estancia en París, donde se codeó con algunos de los escritores y poetas del momentos como Tristan Tzara, que le pidieron ilustraciones para sus obras. 'La poesía siempre tuvo importancia para Miró', afirmó la directora de la Fundación Miró, Rosa María Malet, y el propio pintor dejó escrito: 'que mi obra sea un poema musicado por un pintor'.

Su contacto con estos escritores imprimieron un giro a la obra del artista, que fue abandonando el realismo para dar paso a la imaginación, aunque a mediados de los años 30, Miró presiente el desastre al que se encamina el mundo con la Guerra Civil, primero, y la Segunda Guerra Mundial, después, y su obra se hace más angustiosa. A esta etapa corresponden sus 'pinturas salvajes', antes de iniciar un nuevo viraje y utilizar el arte como refugio para aislarse del ruido de los cañones que se plasman en sus 'Constelaciones', apareciendo su universo celeste de la luna y las estrellas, que se mantendría hasta el final de su vida.

El objetivo del artista siempre fue 'provocar primero una sensación física cuyo objetivo último es el alma' porque 'el arte puede morir pero lo que importa es que haya esparcido gérmenes sobre la tierra', y este deseo parece haberse cumplido.

Veinticinco años después de su muerte, el artista español Frederic Amat asegura que su obra 'sigue siendo un puñetazo solar con el deseo de provocar una sensación física para llegar a lo anímico', que muchos visitantes podrán experimentar en las exposiciones previstas con motivo del aniversario de su muerte.

Actualmente en la fundación mallorquina de Miró se puede ver la exposición 'Evocación de la imagen femenina' y en el Moma de Nueva York se puede admirar 'Miró: painting and anti-painting 1927-1937', mientras que en junio en Barcelona tendrá lugar una exposición sobre la relación entre el artista y el poeta francés Jacques Dupin.

Simultáneamente, también está previsto la edición a lo largo del próximo año de dos epistolarios con cartas del artistas dirigidas a distintos amigos.

jueves, enero 08, 2009

Genética del amor

La oxitocina controla los lazos afectivos y favorece la tendencia de las personas a formar pareja

El amor brilla poco en la naturaleza: sus exponentes más destacados entre los mamíferos son el ser humano y el topillo de la pradera (Microtus ochrogaster). Estos roedores son fieles hasta la muerte, colaboran en el cuidado de la prole y conviven con sus suegros, pese a que sus primos de la montaña (Microtus montanus) son infieles y desatentos en extremo. La diferencia clave entre las dos especies de topillos reside en sólo dos genes. Y las variantes humanas en esos mismos genes reducen a la mitad los casamientos en los hombres, y la satisfacción conyugal en sus parejas.


Los dos genes están relacionados con la oxitocina y la vasopresina, dos hormonas que afectan al circuito del placer (o de la recompensa) cerebral. Estas hormonas actúan a través de unos receptores situados en las neuronas de esos circuitos. Los dos genes clave fabrican el receptor de la oxitocina y el receptor de la vasopresina.

Hasse Walum y sus colegas del Instituto Karolinska, en Estocolmo, han estudiado a 552 pares de gemelos o mellizos, y a sus parejas. Han analizado su gen avpr1a (el receptor de la vasopresina) y los han sometido a pruebas para evaluar sus "índices de calidad en la relación marital" y de "vinculación con la pareja". El 32% de los hombres con el gen variante permanecen solteros (frente al 17% con el gen estándar), y todos sus índices de "calidad marital" y vinculación afectiva son significativamente menores. Los datos se presentan en PNAS (105:14153).

Cuando una topilla de la pradera recibe una dosis cerebral de oxitocina, se siente vinculada de inmediato al macho que esté más cerca en ese momento, y de forma perdurable. En humanos se ha hecho una prueba similar, pero con dinero. Un equipo de economistas y psicólogos suizos demostró que una simple inhalación de un aerosol de oxitocina hace que la gente confíe más en los extraños y, por ejemplo, les preste mucho más dinero en una situación ficticia (pero con dinero real puesto por el voluntario).

Ambos genes evolucionan muy deprisa y producen variantes (alelos) de mayor o menor actividad, con efectos similares a aumentar o disminuir la cantidad de las hormonas.

El bebé humano es tal vez la criatura más indefensa que ha visto la historia de este planeta, y gran parte de su desarrollo se prolonga durante años tras el parto. Éste es el fundamento evolutivo del amor humano. El topillo de la pradera es una excepción célebre entre los zoólogos, pero las parejas de mamíferos casi nunca mantienen lazos afectivos tras haberse apareado, por muy empalagosos que salgan en los documentales (antes de haberlo hecho).

Un pez abisal, primer vertebrado cuyos ojos se basan en espejos en lugar de lentes

Una llamativa criatura de las profundidades abisales del Océano Pacífico, el pez espectro, se ha convertido en toda una celebridad biológica porque sus ojos utilizan espejos en lugar de lentes, algo sin parangón conocido entre los vertebrados. Esta criatura fue catalogada a finales del siglo XIX, pero ningún espécimen vivo ha sido capturado hasta el año pasado, concretamente en aguas próximas a las Islas Tonga, por parte de investigadores de la Universidad de Tubinga, en Alemania, y de Bristol (Reino Unido), que acaban de comunicar su hallazgo.

Aunque aparentemente el 'pez espectro' parece que tiene cuatro ojos, de hecho sólo tiene dos, cada uno de los cuales se desdobla en dos partes interconectadas. Una de las partes se dirige hacia arriba y da al pez una visión del océano --y de potencial alimento--. La otra mitad, que parece un bulto en los lados de la cabeza del pez, apunta hacia el fondo marino. Estos ojos 'diverticulares' son únicos entre los vertebrados ya que uitilizan espejos para formar la imagen que llega al cerebro, en lugar de las lentes que, por ejemplo, dan consistencia al globo ocular de los mamíferos, incluidos los humanos.

LA DIFERENCIA ENTRE COMER O SER COMIDO

Esta mutación de contar con un espejo tiene varias ventajas sobre las lentes, en especial por su potencial para producir imágenes con mayor brillo y contraste. Para este pez debe suponer una gran ventaja en el mar abisal, donde la habilidad para fijar las más tenue luz puede significar la diferencia entre comer o ser comido.

El estudio, recogido por otr/press, fue publicado este miércoles por la revista Current Biology, y entre sus autores figuran el investigador de la Universidad de Tubinga Hans Joachim-Wagner y su celega de la Universidad de Bristol, Julian Partridge.

"En casi 500 millones de años de evolución de los vertebrados, y miles de especies vivientes y extinguidas, este pez es el único ser conocido que ha resuelto un problema óptico fundamental al que cualquier sistema visual debe hacer frente --cómo tomar una imagen-- usando un espejo", declaró Partridge.

Descubren los restos del cerebro humano más antiguo de Gran Bretaña

Arqueólogos del York Archaeological Trust de Reino Unido han descubierto un cráneo con una sustancia amarilla en su interior que, según muestran los últimos análisis, podría tratarse de los restos de un cerebro fosilizado.

El cráneo fue hallado en una fosa de barro de un área agraria de Heslington East. La zona fue explotada por primera vez hace 2.000 años, y ahora alberga las obras de ampliación del campus de la Universidad de York. Al parecer, la universidad había pedido al equipo de expertos que realizase una exploración en estos terrenos.

Los arqueólogos creen que la calavera pudo haber sido una ofrenda ritual mientras que los neurólogos de la universidad que escanearon la pieza, califican el descubrimiento de "increíble". Según explicó a la BBC el doctor Philip Duffey, la sustancia hallada dentro del cráneo podría ser el equivalente a un fósil. "El cerebro generalmente no sobrevive por sí mismo, ya que los microbios absorben los tejidos que lo forman.", dijo.

Por su parte, la investigadora y arqueóloga de la Universidad de Bradford Sonia 0'Connor, añadió que "es muy extraño" que el cerebro sobreviva en lugar de algún otro tejido sensible, y destacó la buena conservación del ejemplar hallado.

No es la primera vez que el suelo de Heslington East brinda a los científicos un objeto de estudio. A principios de este año, otro equipo de arqueólogos abrió una tumba estrecha que contenía el esqueleto de una de las primeras víctimas de tuberculosis de las Islas: un hombre que vivió durante el siglo IV. Los científicos esperan ahora realizar más pruebas al cráneo para saber por qué ha sobrevivido al paso del tiempo y conocer más datos sobre la persona a partir del cerebro fosilizado.

La píldora del amor, más cerca



Moléculas como la oxitocina pueden incrementar la inclinación a enamorarse. Los investigadores trabajan para comprender cómo funciona y poder crear un fármaco


Una píldora capaz de desencadenar el enamoramiento de la persona deseada sería el sueño de la industria farmacéutica. Las ventas alcanzarían cifras descomunales, mayores, probablemente, que las de un compuesto contra cualquier enfermedad. Por el momento, esa poción del amor no puede encontrarse en las farmacias, pero hay quien piensa que llegará pronto. Larry Young, investigador del Centro Nacional de Investigación de Primates Yerkes de la Universidad de Emory, en Atlanta, plantea esa posibilidad en la edición de hoy de la revista Nature. “En la actualidad, los investigadores están intentando aislar e identificar los componentes neurales y genéticos de esta aparentemente exclusiva emoción humana. De hecho, es posible que pronto los biólogos sean capaces de reducir a una cadena de sucesos bioquímicos ciertos estados mentales relacionados con el amor”, escribe Young.

El científico estadounidense basa su hipótesis en los exitosos resultados de experimentos con animales dedicados a conocer los mecanismos que regulan emociones como el amor. En estos ensayos, el elemento estrella es la oxitocina. Esta hormona, segregada de forma natural por el hipotálamo, ha mostrado su capacidad para crear fuertes vínculos entre animales y mejorar la confianza en las relaciones entre humanos.


La hormona de la monogamia

En el caso animal, el ejemplo clásico de los efectos de la oxitocina se encuentra en los ratones de pradera. Estos animales se encuentran entre los escasos mamíferos inclinados a formar parejas monógamas de larga duración. Los estudios han comprobado que unos elevados niveles de oxitocina están relacionados con una mayor fidelidad a la pareja. Los roedores monógamos, sin embargo, comenzaron a serlo menos cuando se redujo de forma artificial la presencia de la hormona en su organismo.

"Todo es químico y eléctrico; podemos llegar a dudar que exista libre albedrío"

En su artículo, Young afirma que existe “un solapamiento intrigante entre las áreas del cerebro
involucradas en el establecimiento de los vínculos de pareja en los ratones de pradera y aquellas asociadas al amor en humanos”. En su opinión, gracias a los modelos animales se está empezando a deconstruir el fenómeno amoroso y la posibilidad de que un “pretendiente sin escrúpulos pueda deslizar una poción amorosa farmacéutica en nuestra bebida” no está lejos.

Alberto Fernández Liria, presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, no cree que sea tan fácil saltar de ratones a humanos. “Cuando se sacan conclusiones muy espectaculares de este tipo de observaciones en otras especies se está simplificando y se están leyendo los resultados desde un punto de vista antropocéntrico”, afirma. “Una vez que tienes la cultura, el funcionamiento del organismo se vuelve mucho más complejo”, añade. Sobre el posible uso de la oxitocina como componente de una píldora del amor, Fernández Liria recuerda que, pese a lo observado en animales, en humanos sanos “no se han comprobado con estudios científicos este tipo de efectos” y cree que, como sucede con otras drogas, su uso podría provocar problemas. No obstante, reconoce que la posibilidad de emplear la oxitocina como fármaco del amor “abriría una vía de mercado enorme para la utilización de la sustancia por personas sanas, de modo cosmético”.


Determinismo biológico

Juan Lerma, director del Instituto de Neurociencias de Alicante (UMH-CSIC), ve más clara la posibilidad de “modular” aspectos del comportamiento humano. “El amor y otras manifestaciones del comportamiento humano son fruto de la actividad cerebral, y el cerebro funciona a través de sustancias químicas y actividad eléctrica. Si conocemos las bases de la actividad cerebral que determina un comportamiento estamos en condiciones de inducirlo con fármacos o estimulación eléctrica”, explica Lerma. “Todo es químico y eléctrico; podemos llegar a dudar que exista libre albedrío”, remacha.
Hay variantes genéticas asociadas con una mayor tendencia a la monogamia

En humanos, aunque no haya estudios concluyentes sobre la relación entre oxitocina y relaciones amorosas, se ha comprobado que inhalar esta hormona mejora la empatía y aumenta el grado de confianza con otras personas. Un estudio reciente ha concluido también que las variaciones en el gen AVPR1A, responsable de la cantidad de receptores de vasopresina (una hormona relacionada con la oxitocina que estimula la creación de vínculos de pareja) expresada en el cerebro, influye en la tendencia de los hombres a formar parejas estables. Además, las mujeres de los varones con la variante que predispone a la soltería se mostraron menos satisfechas con sus relaciones que aquellas que estaban con hombres sin esa variante.

En la actualidad ya es posible comprar a través de internet productos a base de feromonas y oxitocina que prometen mejorar la vida sexual y amorosa de quienes se los apliquen. La fiabilidad de estos potingues es dudosa, pero ya se están realizando estudios que pondrían el marchamo científico al uso de un spray de oxitocina en el curso de terapias matrimoniales.

Se sea más o menos optimista respecto a la próxima llegada al mercado de una píldora del amor, es necesario recordar que se trataría de un fármaco no necesariamente exento de efectos secundarios. Además, como ha señalado el psiquiatra Antonio Damasio, esta droga no solo tendría aplicaciones románticas. “Algunos podrían preocuparse ante la posibilidad de que los políticos lancen grandes cantidades de oxitocina en los mítines de sus candidatos”, ha apuntado el experto. Una muestra más de que esta droga puede ser una bendición o una maldición, pero será con seguridad un gran negocio.

miércoles, enero 07, 2009

Los impasibles del tablero



El amenazante minutero no fue siempre un enemigo feroz del ajedrecista: antes se dejaba a criterio caballeresco la duración de las jugadas, que podían dilatarse durante horas. Luigi Amara reflexiona sobre esos genios impasibles que confundían el ajedrez con la vida misma.

Entre más se delimita una mente, más toca por otro lado el infinito.

La inadvertida entrada al laberinto. Posición después de 9...e3

Tantas veces se ha elevado el ajedrez a símbolo del universo que con frecuencia se olvida que para ciertos hombres el ajedrez es el universo. Abismados frente al tablero como si se sometieran a una disciplina de meditación esotérica y no a un “simple juego”, inmóviles y hieráticos sin que nada en su expresión delate la serie de cálculos y ramificaciones que se agita en sus cabezas con el ruido de una batalla ancestral, para quienes ya son víctimas del ajedrez –y no meramente unos aficionados o cautivos– no hay lugar para la alegoría, no existe aquella otra cosa con la cual se pueda elaborar el símil y de la cual sería apenas un remedo.
No se trata únicamente de que a lo largo de la partida de ajedrez el jugador concentre toda su energía analítica y toda su creatividad al cometido si se quiere estéril de acorralar al rey contrario, ni de que durante las horas que dedica a su entrenamiento la realidad se nuble y pierda sus colores hasta reducirse a una contienda de fuerzas negras y blancas, entretejidas según la lógica del instinto asesino, que es una lógica más obsesionante y primitiva que la que impera en la búsqueda de belleza y aun de perfección; se trata de que el tablero, la imagen del tablero, acompaña al jugador en todo momento, día y noche, como una sombra maléfica incluso cuando se supone que debería descansar, cuando el sueño debería disolver el estremecimiento que experimentó tras una ligera vacilación en su estrategia y el enemigo podía capitalizar una fisura apenas vislumbrada; se trata de esa pregunta que todo gran ajedrecista se plantea sin descanso, ya no digamos al comienzo de cada torneo importante, sino cuando coloca las piezas para una nueva partida, no importa qué tan formal; esa pregunta en apariencia sencilla y se diría excesiva, pero de consecuencias imprevisibles cuando se formula de manera espontánea, y que Vladimir Nabokov coloca en el centro de su novela La defensa: “¿Qué otra cosa existe en el mundo fuera del ajedrez?”
Una de las razones por las que este juego milenario (este “triste desperdicio de cerebros”, como lo denominó Walter Scott) puede ser tan absorbente, tan tentador y a su manera tiránico, radica en que aun la partida más breve se sitúa en un punto limítrofe entre la armonía y el vértigo. Hay una plasticidad elemental, pero al mismo tiempo inagotable, en ese enfrentamiento de fuerzas simétricas que tanto se parece a la lucha siempre seductora de la mano izquierda contra la derecha; pero también hay algo más profundo y desconocido, algo insondable en el ensamblaje a veces secreto de las piezas sobre el tablero, que es capaz de erizarnos la piel y despertar el temblor frente a lo infinito.
Pese a que tenga como escenario una retícula de apenas 64 escaques que puede plegarse y caber en el bolsillo, no hay nadie que se interne en los meandros del juego sin la conciencia de que su dominio, su dominio cabal, es imposible para el hombre. Basta estudiar la posición de una partida entre dos grandes maestros, con su entramado de ataques potenciales y equilibrios, con esa fragilidad soterrada de tensiones y contrajuegos, para advertir su apabullante inmensidad; y aun cuando en medio de la contienda, apremiados por la presión del tiempo, tengan que decidirse por una jugada, siempre queda la sospecha de que algo se les escapa incluso a ellos, de que inadvertido entre el follaje de variantes siempre habrá un movimiento mejor, más elegante y letal. El total de partidas diferentes que caben en el mantel a cuadros es un número tan monstruoso que bastaría para construir un universo paralelo en el que los constituyentes básicos, en vez de átomos, fueran juegos completos (los electrones serían los movimientos), de allí que no deba parecer descabellado que un hombre se pierda con facilidad y en ocasiones no sepa muy bien cómo volver de ese cosmos en miniatura –paradójicamente más vasto que el propio universo.



El ajedrez goza del prestigio de ser un juego de inteligencia y habilidad que, sin embargo, en una época no demasiado lejana ni siquiera pretendía disfrazar su condición de vicio. La tensión que genera, sutil y persistente como la telaraña, alcanza tal voltaje y demanda tal constancia de las capacidades de la mente exigidas al máximo, que la sensación liberadora que sobreviene después de encajonar al enemigo en una red de mate sólo se compara con un nudo que por fin se deshiciera en algún punto de unión entre el cuerpo y la conciencia; algo parecido a una descarga de euforia, pero de euforia pacífica, que a la larga se torna adictiva.
Los temperamentos que se sienten atraídos por el ajedrez se distinguen por la naturalidad con que se desplazan entre las entidades abstractas, así como por una concentración agudísima que dirigen a un reducido abanico de asuntos, hasta el punto de que a veces son poseídos por el demonio de la idea fija. Quizá debido a la formidable focalización de la que hacen gala, muchos genios del ajedrez han sido torpes e imprácticos en su vida diaria, han adquirido manías que uno no sabe si calificar de excéntricas o llanamente de supersticiosas, y se han visto aquejados por brotes esporádicos de paranoia o megalomanía, hasta que un día terminan por salirse literalmente de sus casillas. Entre los grandes jugadores que han padecido desórdenes mentales relacionados con su afición al ajedrez, o que cuando menos se han comportado fuera del tablero de manera a tal punto excéntrica de parecer un alfil con arranques de caballo, se cuentan Steinitz, Morphy, Pillsbury, Torre, Rubinstein y Fischer, por sólo mencionar a ajedrecistas de primera línea, dos de ellos campeones del mundo.
Un carácter propenso a la introversión cae con facilidad en las arenas movedizas de este juego silencioso y autista que no precisa establecer una plática, que si acaso, como el go de los orientales, se aproxima a una “conversación de las manos”, a un “diálogo manual”, y una vez allí, una vez absorbido por sus arenas envolventes y áridas, por sus exigencias no exentas de recompensas y alegrías, nada es más natural que complete el círculo vicioso exacerbando su aislamiento y dándole la espalda al mundo. “Lo que es preciso recalcar es un hecho muy sencillo –escribe George Steiner en su libro sobre el campeonato mundial entre Fischer y Spassky–: un genio del ajedrez es un ser humano que concentra dones mentales vastísimos, poco y mal comprendidos hasta ahora, y que se desvive por lograr la culminación de una empresa en definitiva trivial. De un modo casi inevitable, esa concentración genera síntomas patológicos de estrés nervioso, de irrealidad.”



En una página célebre el ensayista inglés Joseph Addison escribe que las ruinas de Babilonia no son un espectáculo tan conmovedor como la mente humana desbaratada por la locura. Pero quizás haya un espectáculo aún más conmovedor que ese, y es el instante en que la mente de un ajedrecista, después de adentrarse en el laberinto de combinaciones que representa un nuevo movimiento sobre el tablero –un laberinto en cierta medida familiar pero a la vez aterradoramente desconocido, lleno de trampas y salientes súbitas y callejones sin salida–, logra sortear los desfiladeros de la locura y sostenido por algo tan delicado como un cabello se las arregla para desandar el camino de sus pensamientos hasta volver a la realidad.
Cada tanto, lo mismo en los torneos de alto nivel que en las partidas entre aficionados, se da uno de esos trances de pasividad introspectiva en que la disposición de las piezas produce un inadvertido laberinto sobre el tablero, un laberinto capaz de eclipsar por completo el mundo –y al propio tablero que ha fungido de entrada– mientras el reloj avanza con el sonido maquinal de una condena. El espejismo de una jugada brillante, quizás un sacrificio que análisis más detallados presentan como ineficaz, puede detonar ese ensimismamiento que en algunos casos se prolonga de manera alarmante hasta traducirse en derrota. Después del fogonazo de la genialidad, el jugador se descubre de pronto extraviado en el espeso bosque de combinaciones, donde no sólo ya no encuentra las migas de pan que le servirían de guía para volver a la superficie del tablero y completar al fin su movimiento, sino donde también ha entrevisto las honduras impenetrables del ajedrez y ha comprendido su horror, se ha visto a sí mismo conducido a través del túnel de la monomanía hasta los umbrales del infinito, y aunque esté convencido de que la clave de la mejor continuación se encuentra allí, en algún lugar de esas profundidades cuya mirada es incapaz de abarcar, sabe también que jamás tendrá el valor de emprender su búsqueda sistemática.
Durante la segunda partida del cuarto enfrentamiento por el título mundial entre Anatoli Karpov y Garri Kasparov, en 1987, la mente del joven campeón fue tragada por un remolino sólo en apariencia estático, por una vorágine de variantes y contraataques de un dinamismo perturbador. Apenas en el décimo movimiento, después de un gambito sorpresivo que Karpov había preparado hacía pocos años para su duelo con Kortchnoï, y que por una razón u otra no había utilizado de nueva cuenta, Kasparov, como si alguien hubiera oprimido un interruptor en su nuca, se desconecta del mundo. Su mente se abstrae de la sala de competiciones, se esfuerza por evaluar los alcances de esa novedad emponzoñada y, de improviso, arrastrada por una fuerza superior, comienza a vagar por los bordes del tablero como quien guarda el equilibrio en las inmediaciones de un precipicio. Cambia el apoyo de la cabeza de una mano a la otra, con frecuencia se lleva un dedo distraídamente a los labios, pero es claro que no está allí, que aun su repelente enemigo se ha desvanecido en la bruma, lo mismo que las piezas, que hace ya tiempo dejaron de mostrarle su perfil despiadado y perdieron toda sustancia. Una hora y veinte minutos más tarde el “Ogro de Bakú” vuelve en sí y realiza su movimiento, pero hay una sombra de extrañeza en su rostro, cierta estupefacción en su actitud delata que el peón en su mano ha dejado de ser una pieza de ajedrez y se ha convertido en otra cosa, en algo ajeno y desusado e improcedente, en un obtuso pedazo de madera. El despilfarro de tiempo, que a la postre habría de costarle el encuentro y estuvo a un milímetro de comprometer la confirmación de su título mundial, es sólo el dato anecdótico, la contraparte estadística de ese descenso angustioso a los infiernos del tablero acerca del cual los ajedrecistas prefieren no hablar demasiado –a veces ni siquiera evocar–, como si esa reserva, ese empecinado alzarse de hombros, conjurara de algún modo el peligro de una recaída aún más catastrófica.



Es difícil aceptar que alguien que suspende la vista durante horas sobre un tablero intacto, mientras sostiene la cabeza con ambas manos a manera de pedestal, esté en verdad reflexionando sobre los caminos que lo conducirán a una posición ganadora. Cualquiera que conozca el espíritu del ajedrez sabe que la concentración que demanda no puede mantenerse incólume después de cierto tiempo, y que la tensión que se acumula debe encontrar a veces su válvula de escape en un movimiento profiláctico o no del todo intrépido, siempre y cuando no tenga visos de ser un error garrafal. Pero en ocasiones lo que obsesiona al ajedrecista no es tanto la bullente combinatoria de secuencias que diez o doce jugadas más adelante lo guiarán a una ventaja tan infinitesimal como incierta, sino la cercanía de una continuación obvia, la seguridad incoercible de que cualquier mirón que echara un vistazo al tablero desde fuera atinaría en un dos por tres con la variante que daría sentido y hondura a todo el plan hasta entonces desarrollado. Es esa cercanía, la sombra de esa posibilidad escurridiza y quizá flagrante, como la carta robada de Poe, la que tortura y hace vacilar al jugador, y que, posándose como un ave de mal agüero sobre su cráneo sudoroso, comienza a picotearlo en la sien, una y otra vez, se diría de manera sarcástica, cegándolo con la negrura de sus alas y dando un nuevo sentido, más aterrador y opresivo, a la idea de amenaza, que es el arma más sutil en el ajedrez, pero que dirigida contra uno mismo termina por convertirse en una prueba de cordura.
Antes de Kasparov, muchos otros ajedrecistas han experimentado esa suerte de trance en el que la conciencia no sólo se evade de la realidad, sino que, enfrascada como se encuentra en los recovecos de una posición no necesariamente compleja, termina por alejarse de ella hasta que, precipitándose por la puerta de atrás hacia el infinito, ya no le significa nada. En el sexto movimiento de una Ruy López –quizá la apertura más estudiada y recurrente del ajedrez—, Víktor Kortchnoï se ausentó cierta vez sobre su silla por cerca de una hora y media, para regresar del abismo con la recompensa de una jugada consabida. Efim Bogoljubow, el malhadado aspirante al título mundial durante los años veinte del siglo pasado, demoró una hora y cincuenta y siete minutos mientras meditaba una posición de la que por cierto no salió muy airoso, y hay constancia de que en 1980 el Maestro Internacional Francisco Trois, de Brasil, ocupó la desconcertante cantidad de dos horas y veinte minutos para completar su séptimo movimiento frente a Luis Santos, siendo que al parecer sólo tenía que considerar dos movimientos posibles de su caballo.
¿Cómo entender esos lapsos prolongados de hipnosis, esa niebla súbita de extravío y turbación que aguarda al ajedrecista a la vuelta de un movimiento que nadie juzgaría especial? ¿Qué puede la mente humana, aun la mente aguda y privilegiada del ajedrecista, frente a algo que no tiene indicio alguno de lógica y que es impredecible y desasosegante y de consecuencias funestas? Si consideramos que en los torneos actuales cada jugador cuenta con dos horas y media para completar los primeros cuarenta movimientos, dejarse llevar por los vuelos de una especulación vagarosa se antoja descabellado, si no suicida, y se aviene muy mal con la imperturbable disciplina a la que debe someterse el jugador de nivel. ¿Cabe describir esa hipnosis como una forma magnificada de la indecisión, como ese punto limítrofe en que la duda se convierte en pasmo y por tanto en inacción?
El inconstante Siegbert Tarrasch, que también era médico, bautizó como amaurosis scacchistica la ceguera repentina en el ajedrez, ese insidioso lapsus en que el jugador pierde la conciencia de una pieza o de una zona del tablero con desenlaces casi siempre lamentables. ¿Habría tal vez que abordar este bloqueo profundo desde el punto de vista de la medicina y entonces bautizarlo como apoplejía scacchistica, es decir, como una variante de la parálisis que deja girando a la mente alrededor de sí misma? ¿No puede ser, simplemente, un revoloteo inoportuno del ala de la imbecilidad ensañándose con aquellas mentes que han pretendido ir más allá de lo que les permite su genio? ¿Y qué es exactamente lo que cruza por la cabeza de los grandes maestros durante tanto tiempo de meditación, qué los subyuga o hechiza con tal improcedencia y los mantiene a kilómetros de distancia del tablero, de ese mismo tablero que sin embargo escrutan de arriba abajo con aire de perplejidad como si se tratara de un jeroglífico?



Mijaíl Tal, amo de las combinaciones fantásticas y de los sacrificios deslumbrantes, capaz de encontrar vetas inexploradas en las posiciones en apariencia más anodinas y estancadas, solía dejar que su mirada planeara como un ave de rapiña sobre el tablero en busca del salto de la liebre de lo extraordinario, lo cual sucedía con frecuencia, pero también lo llevaba a internarse en callejones sin salida con los que él mismo se obstaculizaba el análisis. No por nada conocido como el “Mago de Riga”, durante una de esas fugas intempestivas a los márgenes de la realidad, Tal se las ingenió para que su mente se deslizara del frío escenario de Kiev a un pantano del África, y de la tentación de un sacrificio intrépido se sacara de la chistera un hipopótamo, un aberrante y sin duda adiposo hipopótamo en aprietos. “Nunca olvidaré mi encuentro con el maestro Evgeni Vasiukov durante uno de los campeonatos de la urss –comenta Tal–. La posición en el tablero era muy compleja, y yo pensaba sacrificar un caballo. No era una variante muy clara, puesto que existían muchas posibilidades. Comencé a calcular y me horrorizó la idea de que el sacrificio fuera vano. Las ideas se amontonaban en mi cabeza: a una respuesta correcta del enemigo en determinada situación la traspasaba otra variante, y allí, naturalmente, ese movimiento era del todo inoportuno. Lo concreto es que en mi cabeza se formó un montón caótico de movimientos, a veces incluso sin ninguna relación entre sí, y el ‘árbol del análisis’, tan recomendado por los entrenadores, comenzó a crecer de manera monstruosa. No sé por qué, pero en ese momento recordé la célebre poesía infantil de Chukovski: ‘¡Oh, qué difícil es el trabajo/ de sacar a un hipopótamo del pantano!’ No podría explicar a causa de qué asociación este hipopótamo se metió en el tablero, pero la verdad es que, mientras los espectadores creían que estaba analizando la posición, yo pensaba en cómo demonios podría sacarse a un hipopótamo del pantano. Recuerdo que mi cabeza pronto se llenó de cabrestantes, palancas, helicópteros e incluso de una escalera de cuerda. Después de numerosos intentos no encontré ningún método aceptable de sacarlo del pantano, y pensé con amargura: ¡pues que se ahogue!”
Aunque para dar cauce a sus devaneos sin sentido Tal se valió en aquella ocasión de la figura nada discreta de un hipopótamo, es claro que se trataba de un mero pretexto; a quien debía sacar del atolladero era a sí mismo, y ya se sabe que para que la mente encuentre una salida al intrincado encierro que ella misma se ha fabricado no hay palanca ni escalera que valga. El paréntesis se extendió sólo cuarenta minutos, y hay que decir que tuvo un efecto benéfico: Tal volvió a la realidad con la cabeza despejada, y de un vistazo se decidió por hacer caso a la intuición y no al cálculo. “Hay tres tipos de sacrificios: los correctos, los incorrectos y los míos”, gustaba de señalar Tal, y aquel caviloso día de 1964, el sacrificio de caballo, no sin cierto dramatismo funambulesco de quien de pronto improvisa el número de apoyarse únicamente en un dedo, le redituaría una celebrada victoria.



Si hoy estas excursiones a los abismos cenagosos del tablero se presentan como una fatalidad aquí y allá, cuando el reloj se ha convertido en el más fiero antagonista del ajedrez (un antagonista que obliga a que cada jugador se enfrente en primer lugar contra sí mismo, contra su propia dispersión e inconstancia), en las épocas en que todavía no se instituían límites para la reflexión había partidas que llegaban a extenderse hasta lo inimaginable, y, después de varias eras geológicas en que se diría que el mundo había contenido el aliento, no era raro que los contrincantes fueran confundidos con figuras de cera. Sin la presión del tiempo que introdujo la invención del reloj mecánico de ajedrez, los movimientos dependían del sentido del decoro de cada jugador, sentido que parece estar muy mal repartido entre los hombres. Se cuenta que en 1851 el historiador británico Henry Thomas Buckle redactó dos capítulos de su History of Civilization in England mientras su rival reflexionaba una sola jugada, y hubo partidas memorables, como la decisiva entre Anderssen y Staunton, que para apenas 29 movimientos requirieron cerca de nueve horas.
También en ese mismo año de 1851, que debería ser recordado como el año de los movimientos más lentos y exasperantes de todos los tiempos, Elijah Williams, durante el Torneo de Londres, tenía la mala costumbre de abismarse sobre el tablero sin esforzarse en la mímica de la concentración, transformando el noble juego del ajedrez en una prueba de resistencia, que exigía del rival la fortaleza interior de un monje budista, si no para el dominio de las descargas de ansiedad y aburrimiento, para desarrollar el temple necesario a fin de permanecer sobre una silla la mayor parte del día y de la noche. Las partidas de Williams eran tan dilatadas que algunas veces rebasaban las veinte horas, y aunque ese lapso le habría bastado a un general de la Armada Británica para la conquista de una ciudad exótica, según los reportes de aquella época las escaramuzas que protagonizó fueron más bien lerdas y esporádicas, y las emociones que regaló al público sólo se comparaban con las que podía despertar el papel tapiz del decorado. En The Even More Complete Chess Addict se sugiere que más que una peculiaridad de su carácter flemático la tardanza proverbial del “Perezoso de Bristol” comportaba una estratagema para sacar de balance a sus rivales, una burda maniobra que no tardaría en ser conocida como Sitzkrieg, o “guerra de la silla”, que él introdujo al reino del ajedrez.
Tomarse las cosas con excesiva calma puede ser, en efecto, una artimaña tan eficaz como una celada, que destroza los nervios del contrincante y lo hace caer en la desesperación o en el error que, como se sabe, son los verdaderos enemigos contra los que debe lidiar todo ajedrecista. Howard Staunton, organizador del torneo y antiguo profesor de Williams, se sintió con el derecho a amonestar a su ex pupilo cuando le tocó el turno de medirse con él, recriminándolo por su estilo tardo a pesar de que él tampoco sobresalía en celeridad: “¡Elijah, no se supone que estés allí simplemente sentado, se supone que debes estar allí sentado y ponerte a pensar!”, le gritó. Pocos movimientos más tarde, y tras varias horas de presuntos análisis quién sabe qué tan profundos pero en cualquier caso irritantes, Staunton estalló. Los modales victorianos de ese gran caballero que defendía el espíritu deportivo del más civilizado de los juegos se hicieron de pronto añicos ante el ritmo acompasado de aquel individuo que parecía estar hecho de mármol y al que no importaba aplazar hasta lo indecible la hora del té. Aunque ese gesto habría de costarle uno de los primeros puestos, Staunton abandonó la partida con una declaración infamante: “¡Yo no admito la lentitud de la mediocridad!” Elijah, con una sonrisa diabólica que tardó varios segundos en formarse, saboreó como nunca la victoria.
Pero llevar el Giuoco piano hasta las fronteras de la inmovilidad posee el inconveniente de que nada obliga al rival al apresuramiento, y en realidad se expone a que éste le pague con la misma moneda de la lentitud. En su duelo con el desconocido James Mucklow, el “Perezoso” se enfrentó con un espejo, apenas un poco menos pausado y abúlico, al punto de que entre los bostezos que reinaban en la sala se alcanzó a escuchar la hipótesis de que los contendientes se habían aficionado al opio. Staunton, cuya actitud hacia las partidas que rebasaban las diez horas pasó de la indulgencia a la mala voluntad y luego a la reacción alérgica (no por nada se convertiría en el principal promotor del reloj de arena como tercero en discordia sobre la mesa), describió los aportes de Williams y Mucklow a la historia del ajedrez en los siguientes términos: “No es necesario subrayar que sus partidas, de la primera a la última, son notables únicamente por su invariable y nunca antes conocida somnolencia”.



Todos estos ejemplos de enajenación transitoria en los que el alelamiento colinda con la profundidad metafísica y aun con el desequilibrio mental, y que bajo la apariencia del rigor analítico encubren la vulnerabilidad del ajedrecista, sus excursiones involuntarias al reino del no ser y la ceguera, son apenas un suspiro comparados con la parsimonia desquiciante de Louis Paulsen, un férreo ajedrecista alemán que durante la segunda mitad del siglo xix destacó por la pulcritud de su juego defensivo y por la gravedad con que afrontaba cada aspecto de la partida, y que sin importarle el agotamiento mental que derivaba de sus cálculos, invertía más tiempo que nadie en el descubrimiento y anulación de las maquinaciones del contrario.
Paulsen fue quizás el primer ajedrecista de la historia en dudar del ataque brillante, en descreer de la genialidad entendida como fuego de artificio; su estilo se basaba en la premisa de que el ajedrez ha de ser una batalla sorda, y que para todo lance temerario siempre habrá una defensa que mostrará su inanidad. Era por supuesto un enemigo del juego efectista y romántico, un meticuloso aguafiestas del tablero, y si se mostraba reacio a participar en los grandes torneos internacionales era debido a que sus escrúpulos le exigían detenerse ante cada avance del rival hasta refutarlo, como si se tratara de un desafío teórico, lo cual muchas veces sucedía horas después de que ya su bandera hubiera caído y se le adjudicara la derrota.
Paulsen nació en 1833 en Blumberg, Alemania, y fue contemporáneo y rival de Morphy y Steinitz. De haber nacido treinta años antes quizá habría sido un ajedrecista imbatible, dada la precisión y fortaleza de su juego, dada la solidez de sus innovaciones en las aperturas, pero tuvo la mala fortuna de figurar justo en una época en que la liberalidad concedida al análisis comenzaba a restringirse. El reloj se empleó por primera vez de manera oficial en 1867, en el torneo de París, y no transcurrieron ni siquiera veinte años para que se aprobara el reloj mecánico dual, inventado por Thomas Bright Wilson, que desde entonces se impuso en todo el mundo, con gran mortificación de los jugadores calmos y meditabundos.
Aunque destacó en las exhibiciones de simultáneas a ciegas, Paulsen se interesaba menos en la victoria que en la verdad; era un ajedrecista de una sutileza sin precedentes, mas no del tipo competitivo. Antes de tocar una pieza se cercioraba de que su movimiento fuera tan riguroso que alcanzara el estatus de “científico”, y en cierta ocasión ese prurito lo llevó a rumiar durante once horas ininterrumpidas una sola jugada, que sin embargo no sabemos si fue, en compensación, a tal punto eficaz. Esas once horas son toda una proeza para la mente humana carcomida por una sola idea; también, del lado del oponente, representan un hito de tolerancia, espíritu deportivo y hasta de abnegación, pues de haber sabido que Paulsen se resistiría a meter las manos al tablero durante tanto tiempo, como si estuviera obligado a inferir cuál de todas las piezas era la única que no detonaba un explosivo, con toda seguridad se habría excusado y se habría ido a la cama hasta nuevo aviso. Si excluimos el ajedrez postal, se trata de la respuesta más dilatada de la que se tenga noticia en un juego que ponga cara a cara a dos contrincantes. Ni siquiera el go, cuando estuvo regido por los despaciosos ritmos orientales y no por el cronómetro, produjo tal prodigio de reflexión y silencio, a pesar de que entonces una sola partida de campeonato solía asignar cuarenta horas a cada jugador, lo cual hacía que las contiendas se prolongaran durante semanas e incluyeran prácticas propias del zen y numerosos aplazamientos.



Con su reputación de jugador absorto y solemne, de auténtico quelonio del ajedrez, Paulsen no sólo provocó la ira y a veces el abandono de sus rivales, sino que dio lugar a toda clase de equívocos sobre las reglas de etiqueta que habían de guardarse frente al tablero, y no faltó quien se preguntara si el genio alemán dominaba el arte de quedarse dormido con los ojos abiertos. En una de las anécdotas más famosas del ajedrez –la anécdota favorita de Bobby Fischer–, Paulsen se sume en una de sus colosales meditaciones en una partida contra Paul Morphy, cuya maestría para el juego abierto era tan audaz como relampagueante, y que a partir de que le asestara uno de los sacrificios de dama más espectaculares de todos los tiempos bien podía ser considerado su Némesis. Al cabo de cinco horas, Morphy, un caballero habituado a compases de espera inhumanos, en los que evitaba a toda costa mesarse los cabellos de hastío o importunar a su contrario con un bostezo, se decide tímidamente a romper el silencio y exclama: “Perdone, ¿pero por qué no juega de una vez?” Y ante esa pregunta que resonó con un timbre acerado que pertenecía a otro mundo, a un mundo distante donde todavía existía el cambio y la variación, y que atravesó el cuarto de un extremo a otro como lo haría una daga en un globo henchido de sopor, Paulsen volvió en sí con una sacudida y repuso: “¡Oh!, ¿en verdad es mi turno?”
No está de más preguntarse si episodios como éste no desatarían la perturbación mental que aquejaría a Morphy con el paso de los años, un oscurecimiento de sus capacidades intelectuales mezclado con manía persecutoria y desasosiego, que lo llevaría a hablar solo mientras vagaba sin rumbo por las calles de Nueva Orleans, y a la larga desembocaría en que la sola mención del juego de ajedrez le produjera arranques de cólera. Y hay que notar que también Steinitz, quien declaró que nada le inspiraba tanto temor como enfrentar a Paulsen en un match, quizá porque lo intimidaba su estilo defensivo tanto como su ensimismamiento y lentitud, terminaría protagonizando excéntricas partidas celestiales con el probablemente menos impasible Jehová, a quien se permitía dar las blancas y peón de ventaja.
Pero a diferencia del juego acompasado de Elijah Williams, que tenía como fin la provocación, crear un malestar persistente donde al cabo reinara la impaciencia, Paulsen no se preocupaba por el semblante o la psicología del contrario, ni por ningún detalle que fuera ajeno al tablero. Una vez que se zambullía en una partida, ésta ocupaba por entero el espectro de su voluminosa cabeza, y aun cuando del otro lado el rival comenzara a hacer aspavientos y se revolviera en su silla como un simio aprisionado en una jaula, sus sentimientos y modales, como por lo demás su misma existencia, le tenían perfectamente sin cuidado.
En realidad Paulsen no buscaba medirse contra otros ajedrecistas; tampoco entendía el ajedrez como una prueba contra sí mismo. Jugaba, si es que esto tiene algún significado preciso, contra el ajedrez y desde el ajedrez, como un engranaje lento y mal aceitado de un mecanismo superior cuyo cometido es llevar hasta sus últimas consecuencias las posibilidades del juego. Si un contrincante lo derrotaba en una partida, sólo podía ufanarse de haber capitalizado alguno de sus errores, de haber sabido explotar las flaquezas y puntos débiles que él, Louis Paulsen, un hombre propenso a la melancolía, había descuidado, pero era materia de discusión si aquellos movimientos victoriosos eran del todo inobjetables.
Y las once horas de reflexión incesante que alguna vez dedicó a un solo movimiento, aquella ausencia desorbitada que queda como una prueba de su disposición a prescindir de la mejor parte de la realidad, más que una labor penosa de escudriñamiento y tanteo, quizá pueda ser entendida como un método para perder la conciencia de sí mismo a través de la contemplación de un punto fijo del tablero; una vía tortuosa de penetración e indiferencia que a través de la esmerada negación del mundo, de conseguir quedarse tan inmóvil como las piezas, le abriría la puerta trasera del infinito, llevándolo a alcanzar, así fuera por el lapso brevísimo e insatisfactorio de once horas, lo que más había querido en la vida: fundirse y ser uno con el ajedrez. ~

Elige tu propia inteligencia

La emoción tiene un peso relevante en la toma de cada decisión

Las teorías científicas más recientes defienden la pluralidad de nuestro cerebro. Se trata de saber desarrollar la capacidad que más encaja con nuestra forma de ser


Érase una vez tres ciegos que se acercaron a un elefante. Querían saber cómo estaba hecho ya que ninguno de ellos se había encontrado antes con algo parecido. El primero abrazó las patas del animal y lo comparó con un árbol. El segundo tocó la trompa en movimiento y dijo que se parecía a una serpiente.

El tercero, tras tantear el costado, afirmó que el paquidermo era como un muro. ¿Quién tenía razón? En este cuento, extracto del libro Intelligence. A brief history (Oxford, Blackwell ed.), cada uno de los protagonistas, en relación con su capacidad y aptitudes, formuló una interpretación del nuevo entorno. En otras palabras, dio una muestra de su inteligencia. Ustedes se preguntarán: ¿y qué tiene que ver la inteligencia con todo esto?

El 95% de lo que sabemos sobre el cerebro humano ha sido descubierto en las últimas dos décadas. La mayoría de nosotros todavía vive en una sociedad que está impregnada del concepto de inteligencia única, que se puede medir con el llamado coeficiente intelectual (C.I.) Esta herramienta fue desarrollada por un francés, Alfred Binet, en 1904. La necesidad de introducir el test nació por una necesidad práctica, como método de clasificación, para distinguir los niños que tenían capacidad para rendir en el colegio de los que no.

Era un número que medía las dotes de aprendizaje y se basaba en dos premisas fundamentales, que a posteriori se han revelado muy discutibles: que la inteligencia es fija e inmutable desde el nacimiento y que está constituida esencialmente por habilidades verbales y sobre todo matemático-analíticas. Estados Unidos adoptaba este criterio para la selección de los soldados en la Primera Guerra Mundial, para ver si sabían manejar las armas.

Sin embargo, incluso un intelectual de la talla de Hans Magnus Enzensberger afirmaba que la obsesión occidental de medir la inteligencia esconde en realidad el miedo a ser estúpidos. Su conclusión es que "no somos demasiado inteligentes para medir nuestra inteligencia". Así que a partir de los años ochenta, esta teoría oficialista empezó a resquebrajarse. Se descubrió que tener un C. I. elevado no equivalía a tener más inteligencia. La tesis es que la brillantez académica no lo es todo, ni para la felicidad ni para el éxito profesional.

De hecho, hay gente con gran capacidad intelectual que no sabe elegir bien a sus amigos. O incluso personas con un expediente académico pobre y que luego han tenido éxito en su profesión. Ramón y Cajal tenía un carácter conflictivo y Einstein fue un mal estudiante. Así, de acuerdo con estas teorías, la clásica contraposición entre el "tipo listo" y el "tipo inteligente" carece cada vez más de fundamento: cada uno destaca a su manera. Tampoco el peso o la talla del cerebro nos dirá si somos más o menos inteligentes. Esto dependerá de lo que nosotros sepamos sacar de él.

Howard Gardner en 1983 formuló la conocida teoría de las inteligencias múltiples, concibió hasta ocho. Según Gardner, la inteligencia se convierte en una capacidad para resolver problemas, en unas potencialidades neuronales que pueden ser o no activadas dependiendo de muchos factores, como el entorno cultural y familiar. El mismo Mozart no hubiera llegado a ser lo que fue sin el ambiente musical de Salzburgo. En cierta manera, todos tenemos algo de inteligencia y poseemos alguna de sus variantes en mayor o menor medida.

Cada uno tiene su propia combinación que va evolucionando y ampliando según se vayan o no activando la capacidad que tenemos de procesar información. Para volver al ejemplo inicial, cada uno verá algo distinto al tocar el elefante, pero cualquier interpretación puede ser correcta. Eso sí, se estima que un 30% de nuestra inteligencia es heredada, el resto es educación, cultura, ambiente económico y hasta alimentación. Lo que sí es innata es la actitud para desarrollar una inteligencia más que otra. Porque hay genes que están ahí y que no siempre se expresan, hay que entrenarlos.

A partir del concepto de inteligencias múltiples, se han desarrollado varias subcategorías y clasificaciones, como el célebre concepto de "inteligencia emocional" de Daniel Goleman (que se basa, a su vez, en las teorías de 1990 de Peter Salovey y John Mayer). Los prejuicios sobre nuestro lado más animal parecen estar superados definitivamente. Antonio Damasio, autor del célebre libro El error de Descartes, afirmó que "no puede haber decisiones sin emociones". Pablo Fernández Berrocal, psicólogo y profesor de la Universidad de Málaga, en una reciente entrevista explicaba: "Siempre hemos pensado que las emociones eran el enemigo interior: el dolor, la ira, el miedo… Como eran el enemigo había que reprimirlas u ocultarlas. Ahora se ha descubierto que lo importante es educarlas". ¿Cómo se consigue?

Existen ejercicios que ayudan a gestionar las emociones, talleres donde se enseña a motivarse, a controlar los impulsos, a regular estados de ánimo. El papel de la razón, en todo caso, sigue siendo fundamental en esta tarea. Mayte Saavedra, fundadora y directora del portal inteligenciaemocional-portal. org explica: "La esfera emocional es la que nos relaciona con nosotros y con los demás. Es cada vez más importante. La parte racional sirve para discernir, inducir, investigar. Pero las dos tienen que ir juntas, como un caballero necesita de su caballo para desplazarse".

Ignacio Morgado, autor del libroEmocionese inteligencia social (Ariel Ed.), catedrático de Psicobiología de la Universitat Autónoma de Barcelona, asegura que la lógica nos hace poner las opciones sobre la mesa. Con la razón presentamos las alternativas. Pero con la emoción las consideramos como positivas o negativas. Así que "son las emociones las que nos dicen si algo es ventajoso o no y que determinan al final las decisiones. … Y además suelen ser las correctas". La gestión racional de las emociones es la que nos ayudará a desenvolvernos en la vida. En su opinión, "la inteligencia emocional es una forma de sabiduría".

Llorenç Guilera, doctor en Psicología, ha publicado un libro muy documentado tituladoMásallá de la inteligencia emocional, las cinco dimensiones de la mente (Thomson Ed). En su opinión, "el instinto, las emociones, la intuición, el razonamiento y la planificación son las cinco dimensiones fundamentales del cerebro humano.

Sólo si somos capaces de coordinar y armonizar estas componientes podremos responder las exigencias de nuestro entorno. Es lo que llamo inteligencia eficaz", sostiene. Su tesis es que en el curso de la evolución de la especie el cerebro humano se ha sofisticado. Conforme su tamaño aumentaba, se han ido añadiendo capas de forma sucesiva, cada una de ellas con una función precisa. El resultado es que la mente humana es única, pero cuenta con distintas dimensiones. Se trata de sacar pleno rendimiento de cada una ellas.

En conclusión, si conseguimos encontrar ese equilibrio entre los distintos aspectos de nuestro cerebro, entonces es probable que tengamos éxito profesional y que cumplamos los objetivos que nos hayamos prefijado. Pero la pregunta clave, al final, es otra: ¿en qué medida el ser más o menos inte-ligentes nos ayuda a ser felices? Pablo Fernández Berrocal ha desarrollado el concepto de corazón inteligente:"Las personas más felices no son las más inteligentes desde el punto de vista clásico. Son las que tienen más habilidades emocionales y sociales para gestionar su vida y la de las personas que tienen a su alrededor".

Para Morgado, "las personas que tienen inteligencia emocional tienen más bienestar. Los que tienen mucha racional lo pasan mal. El secreto está en ajustar sus necesidades a sus posibilidades. Si pretendes más de lo que puedes, entonces se genera estrés". Para Guilera, "con más inteligencia se tienen más herramientas para ser feliz. Por ello, aprovecha lo que tengas, sácale jugo y no la tengas arrinconada". ¿Quién ha dicho que sólo el tonto es feliz?

Einstein, sobre ciencia y religión

Einstein, sobre ciencia y religión

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Miércoles, 7 Enero, 2009

Uno de los mejores regalos que recibí el pasado fin de año fue la cita de Einstein que durante varios días MILENIO ha obsequiado a sus lectores bajo el título La verdadera crisis, la incompetencia, la cual fue reproducida por Carlos Marín, en su columna de anteayer, junto con otras sabias reflexiones del descubridor de la Teoría de la relatividad. Ello me da la oportunidad de compartir algunas ideas de Einstein acerca de Dios (tema que traté en mi dos anteriores colaboraciones), así como sobre religión, ciencia, arte y razón. Todas las citas son originales del gran científico y pensador, provienen de diversas fuentes reunidas en el portal Einstein: Science and Religon y han sido seleccionadas, ordenadas y traducidas por mí.

“La ciencia sin religión es coja; la religión sin ciencia, ciega”.

“El conocimiento de la existencia de algo que no podemos comprender, de manifestaciones de la más profunda razón y la más radiante belleza, sólo accesibles a nuestra razón en sus formas más elementales; es este conocimiento y esta emoción la que constituye la verdadera actitud religiosa. En este sentido, y sólo en él, soy un hombre profundamente religioso”.

“No puedo encontrar un mejor concepto que religioso, para definir mi convicción acerca de la naturaleza racional de la realidad, la cual es, al menos hasta cierto punto, accesible a la razón humana”.

“La convicción, profundamente emocional, de la presencia de un poder racional superior, que se revela en el inconmensurable Universo, constituye mi idea de Dios”.

“Quiero conocer los pensamientos de Dios, lo demás son detalles”.

“La más bella y profunda experiencia que puede tener un ser humano es el sentido del misterio. Es el principio fundamental de la religión, lo mismo que de todo arte y ciencia verdaderos. Quien no haya tenido esta experiencia me resulta, si no muerto, al menos ciego”.

“Ese sentimiento de pasmo y reverencia ante la Razón que se manifiesta en la realidad no conduce al presupuesto de una personalidad divina, de una persona que nos da órdenes y se interesa en nuestro ser individual. En esto no hay Voluntad, ni Propósito, ni Deber, sólo Ser”.

“Yo creo en el Dios de Spinoza que se revela a sí mismo en la armonía de lo existente, no en un Dios que se ocupa del destino y las acciones humanas”.

“La idea de un Dios personal me resulta ajena e incluso ingenua. Mi sentimiento religioso consiste en ser consciente de la insuficiencia de la mente humana para comprender la armonía del Universo, que tratamos de formular mediante ‘leyes de la naturaleza’. Esta conciencia y humildad es la que echo de menos en la mentalidad del librepensador.”

“Puede parecerles extraño que yo considere la comprensibilidad del mundo como un milagro o un eterno misterio. Ese milagro se refuerza en la medida en que se amplía nuestro conocimiento. Desconocerlo es la debilidad de los positivistas y los ateos profesionales.”

“Hay personas que opinan que Dios no existe, a pesar de ver la armonía del cosmos, la cual somos capaces de reconocer con nuestra limitada intelectualidad humana. Lo que realmente me enoja es que me citen para fundamentar tal opinión.”

“Los ateos fanáticos son tan intolerantes como los fanáticos religiosos. Son individuos que en su inquina contra lo que llaman ‘el opio del pueblo’, son incapaces de disfrutar la música de las esferas (celestes).” (De la que hablan los pitagóricos y Kepler)

“La obstinación del no creyente me resulta casi tan graciosa como la del creyente”.

“De niño fui instruido en la Biblia y en el Talmud. Soy judío, pero estoy subyugado por la figura luminosa del Nazareno”.

“Nuestra época se distingue por maravillosos hallazgos en los terrenos de la ciencia y la tecnología. ¿Quién podría no celebrarlos? Pero no olvidemos que esos conocimientos y capacidades por sí solas no pueden conducir a la humanidad hacia una vida digna y feliz. Lo que la humanidad le debe a personalidades como Buda, Moisés y Jesús tiene para mí un rango más elevado que todos los hallazgos de la mente inquisitiva y creadora”.

“En su defensa del bien ético, los maestros de religión deben tener la estatura para deshacerse de la doctrina de un Dios personal, fuente de temor y esperanza, que ha puesto tanto poder en manos de sacerdotes”.

“Si se purifica al judaísmo de los Profetas y al cristianismo, tal como lo enseñó Jesús, de todas las subsecuentes adiciones, en especial las de los sacerdotes, tendríamos una enseñanza capaz de curar todos los males de la humanidad”.
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